
LA CASA dei silencio
se yergue en un rincón de la montaña,
con el capuz de tejas carcomido.
Y parece tan dócil
que apenas se conmueve con el ruido
de algún árbol cercano, donde sueña
el amoroso conclave de un nido.
Tal vez nadie la habita
ni la quiere,
y acaso nunca la vivieron hombres;
pero su lento corazón palpita
con profundo latir de resignado,
cuando el rumor la hiere
y la sangra dei trémulo costado.
Imagino, en la casa dei silencio,
un patio luminoso, decorado
por la hierba que roe las canales
y un muro despintado
ai caer de las lluvias torrenciales.
Y en las noches azules,
la pienso conturbada si adivina
um balbucir de luz en sus escaños,
y la oigo verter con un ruido
ya casi imperceptible, contenido,
sul loro paternal de tres mil años.
JOSÉ GOROSTIZA (1925)